Sábado a la noche.
Una incipiente lluvia caía tenue sobre la ciudad y el clima de
otoño se presentaba en su más fiel expresión, contagiando
intrascendencia a mis horas intrascendentes.
Estacioné el coche donde pude, caminé unas cuadras y entré
a la confitería.
Mis lentes se empañaron. Me los quité. Veo muy poco sin
ellos.
Tropecé con alguien.
¡No!... Tropecé con alguien, no.
Tropecé justo con ella.
No la conocía, pero, definitivamente, era ella. (Para un “él”,
tan solo como yo, una mujer siempre sería “ella”).
La acompañé hasta su mesa. Le pedí sentarme a su
lado. Me dijo sí.
Conversamos mucho y nos sentimos muy bien. Varias cosas nos contamos.
Ella: abogada, siete años de casada y tres meses de separada.
Yo: arquitecto, once años de casado y un mes de separado.
A las tres de la mañana estábamos bailando en Sansun y
a las cuatro nos quitábamos, el uno al otro, nuestras ropas en
la habitación del motel.
- ¿Lado derecho o lado izquierdo? - preguntó.
- Lado derecho - respondí.
Se rió. Me reí. Nos reímos juntos.
Estábamos siendo un poco felices y los dos sabíamos valorarlo.
Sólo un instante me bastó para darme cuenta que tenía
entre mis brazos a una gran mujer.
Traté de ser el hombre que ella merecía.
En el momento sublime nos dijimos:
- Te necesito... Sergio.
- Y yo a vos... Alicia.
Nos vestimos en silencio y en silencio regresamos.
Nos disculpamos el uno al otro y nos despedimos.
- Adiós... Jorge.
- Adiós... Estela.
Intenté vanamente aliviarme con
aquello de que, según dicen, siempre cuesta un poquito volver
a empezar.
Algo comenzó a dificultar mi visión.
Me quité los lentes para limpiarlos.
Los lentes estaban limpios...