De nuestra fauna
Se lo denomina científicamente
como el Eremobius Phoenicurus, perteneciente a la familia de los Furnariidaes.
Son pájaros insectívoros; generalmente tienen alas cortas
redondeadas y obtusas; cola larga; pico más largo que la cabeza;
tiene un comportamiento muy nervioso y ligero; vive en los árboles
y también en tierra; existen en toda clase de terrenos; construyen
sus nidos en cuevas, barrancas, en árboles huecos, en pajonales,
arbustos o en el suelo; ponen de dos a cinco huevos; hacen una o dos
posturas en el año. Son de color gris parduzco con pecho rayado
de blanco; sus cejas son blancas; la cola de color castaño con
punta blanca. Es bastante parecido a la bandurria de pico recto pero
sin la banda rojiza en el ala, la coloración en cejas y pecho
la diferencia en su especie de otros parecidos. Vive desde la provincia
de La Rioja hasta el sur de la provincia de Santa Cruz y se los halla,
frecuentemente, en las quebradas patagónicas y precordilleranas
riojanas.
Estas avecillas nos hacen acordar a los años 38 del siglo pasado
cuando, en un día del mes de marzo, aparecieron en el colegio
donde estudiábamos la primaria, dos novicios de la orden de los
Misioneros Libaneses Maronitas recién llegados del Líbano.
No sabían nada de castellano y a todo lo que se les decía
contestaban “gracias” porque esa fue la primera palabra
que aprendieron en el país. En esos años, ese establecimiento
tenía las enseñanzas primarias y secundarias hasta que,
en la llamada Revolución Argentina del 4 de junio del 43, preludio
de males mayores que llegaron luego, el gobierno de facto del Gral.
Pedro Pablo Ramírez retiró todos los subsidios a los establecimientos
privados por lo que el colegio se vio obligado a cancelar la enseñanza
secundaria con lo que el país comenzó la involución
educativa que, a través de estos penosos últimos 61 años
nos llevaron a un estado de incultura sistemática al abandonar
los programas educacionales que nos habían puesto entre los primeros
lugares de nivel mundial, lejos del paupérrimo sitio en el que
nos encontramos hoy. Había en ese colegio un plantel educativo
de gran calidad, a tal punto que, cuando ingresamos a 1º año,
en todo el curso no tuvimos que tocar un libro porque ya nos habían
enseñado todo cuando cursamos el 6º grado. Ya los programas
se venían a pique. Volviendo al tema de los novicios, ellos transitaban
por los patios cruzándose con los alumnos en las horas de recreo.
Los de 4º y 5º año les decían barbaridades y
ellos, como siempre, a todo le decían “gracias”.
Un día, en el almuerzo, uno de ellos llamado José dijo
una de las barbaridades al cura director, un gigante de casi dos metros
de alto, corpulento que, más que un cura, parecía Goliat.
Al escuchar a José pegó un respingo descomunal y gritó
en libanés “¿Quién le dijo eso?”. José
le dijo que había sido uno de los muchachones. El director, después,
le dio una libretita para que los alumnos escribieran allí lo
que decían con su nombre. Así lo hicieron los tontos y
fueron expulsados. Con ello se fueron curando y el novicio comenzó
a aprender el idioma ayudado, a veces, por los mismos alumnos. El otro
novicio, casi nunca estaba en el colegio. Siempre se lo veía
caminando por el barrio norte hasta que, un día, sentimos un
barullo descomunal que venía de la puerta de entrada al establecimiento.
Fuimos a espiar y vimos al dire tratando de echar al hermano Gabriel,
que así se llamaba el otro novicio quien se agarraba del marco
de la puerta tratando de que no lo expulsaran, poniendo su gordura para
resistirse. El dire tomó carrera en uno de esos intentos dio
con Gabriel sobre la calle tirándole la valija con sus ropas.
Sucedió que el novicio era un picaflor y andaba enamorando mucamas
hasta que una señora vino enfurecida a quejarse porque su empleada
había quedado embarazada, según parecía, por Gabriel.
Expulsado, anduvo vagando por el barrio y por la comunidad libanesa,
hasta que consiguió que un paisano suyo le diera unos pesos para
tomarse el barco y volver a su país. José, el otro novicio,
se recibió de sacerdote y durante cinco años nos enseñó
francés. Él siempre nos decía que ellos no eran
“turcos” ya que ellos habían invadido su país
como también lo habían hecho los sirios por ello tampoco
eran “sirios-libaneses” como solían llamarlos, “Nosotros
somo libaneses y punto”. Al terminar el primario, emigramos a
otros lugares para seguir el secundario gracias a los militares que
comenzaron a destruir el país y perdimos de vista a los queridos
libaneses que tanto nos enseñaron durante los cinco años
que estuvimos con ellos. Un día, por los años 70, viajando
por el pueblo de Isla Verde en Córdoba, me enteré que
allí había una colonia libanesa y que a ella siempre venía
el padre José. Nos contaron que le iban a hacer un almuerzo de
despedida porque se iba para el Líbano y nos invitaron al mismo
junto con mi familia. Felices fuimos y volvimos a ver al querido curita,
ya un hombre grande y canoso. Departimos recuerdos y soñamos
después con aquellos años que no habrán de volver.
Recordamos cuando José decía en su media lengua “draiga
la garbeta de dabujo” y, mientras manejábamos para retornar
a Villa María (Córdoba) donde vivíamos entonces,
nos sonreíamos contentos de haber podido rememorar una vez más
el hermoso pasado compartido con esos queridos libaneses. Hace unos
años, ya viviendo en Olavarría, supimos tardíamente
que había venido el Superior General de la Orden de los Padres
Misioneros Libaneses Maronitas y nos hubiera gustado mucho verlo y hablar
con él ya que supimos ser uno de los cuatro monaguillos que asistió
a la misa oficial oficiada en la Iglesia Catedral de Buenos Aires, cuando
vino por primera vez el entonces Superior de la Orden, por allá
a fines de los años 30. Aquí, fuimos ante quien correspondía
como representante local para procurar recabar datos sobre cómo
podíamos contactarnos con los libaneses de acá y ver su
sería posible de poder tener un libro de la Historia Libanesa
que su escritor presentó en la ciudad. “Gentilmente”
con total altanería no fuimos recibidos “porque el Dr.
está ocupado”, nos dijo su secretaria. Insistimos haciendo
notar que sólo queríamos hablar unas palabras. Salió
el Dr. y nos dijo que debíamos pedir audiencia. Ahuecamos el
ala y salimos con cajas destempladas. Parece ser que con el recambio
de las generaciones, también se mutan las educaciones, las buenas
costumbres y los comportamientos amables, perdiéndose las normas
tradicionales que supieron caracterizar gratamente a los pueblos. Allá
por 1843, Sarmiento, huyendo del acoso de Rosas, cruzó la cordillera
hasta Chile, escribiendo en la roca del paso cordillerano “Bárbaros,
la delincuencia no se combate” y se refugió en Chile para
cubrirse de la “persecución política”. Así
son algunos personajes de nuestra fauna que distan mucho de asemejarse
a las bellas aves de nuestra fauna nacional. El Turco, representante
del Medio Oriente, habrá de sobrevolar los lugares en que habita
con total dignidad, lejos del bochorno que ciertos hombres avergüenzan
con sus inconductas.