Estampas con aroma antiguo
Era, en cierto modo, figura dominante en el paisaje
ciudadano del corazón olavarriense. Juancito era el nombre, y
la referencia insoslayable para su identificación agregaba: “el
loco”.
En realidad no era un loco; sí un retrasado mental, además
de indigente y solitario. Sin desearlo ni buscarlo se prestaba para
las bromas más crueles de los que gozaban azuzándolo para
que empleara, de una buena vez, el largo látigo que era su única
compañía fiel y permanente, y que nunca vimos que lo utilizara
con la finalidad para la que se construye un elemento así, agresivo.
Juancito era un ser muy especial, tierno y ansioso de correspondencia
en esa cuerda de la ternura. No pedía limosna, y su existencia
se reduciía a andar por la ciudad sin salirse de las proximidades
de la Iglesia, el Banco de Olavarría, la Plaza y las cercanías
del Express, desde donde a veces alguna mano solidaria le alcanzaba
algo para comer. Su torpe media lengua le alcanzaba apenas para darse
a entender cuando, en raras ocasiones, intentaba un diálogo para
el que era incapaz. No molestaba nunca a nadie; menos todavía
a los niños, con los que se identificaba a través de una
semisonrisa bobalicona sin malicia ni intención. Solía
enojarse cuando presenciaba alguna pelea de chicos o de muchachones
que agredían a otro niño que llevaba las de perder. En
esos casos, Juancito gritaba tratando de dar a entender su angustia
que él quería exhibir como reflejo del que estaba en situación
sometida. Y lloraba, Juancito. Lloraba con lágrimas de amargura
e impotencia cuando las pullas que le dirigían no medían
el nivel de crueldad y desconsideración, del mismo modo que lloraba
cuando oía que algún niño lloraba en los alrededores.
Andaba siempre igual: vestido con pantalón, algún saco
ajustado a su magro cuerpo; una camisa oscura; pañuelo anudado
al cuello o, en los inviernos cuando alguien caritativo lo tenía
en cuenta, un pulóver de lana para su abrigo. Era infaltable,
y tal vez el elemento distintivo de su figura exterior, el sombrero
puesto sin cuidado de formato o de reparto de los “bollos”.
Su látigo, apretado contra su cuerpo, sobresalía como
una prolongación breve de sus solapas, sostenido en una mano
rugosa que le obligaba a tener flexionado el brazo.
No era sucio, y su desaliño no provocaba rechazo porque, dentro
de su característica de abandono, se adivinaba producto de su
situación de retraso.
Tenía rasgos aindiados; colgaba de su labio un pucho que no encendía.
Creo que nadie vio fumar a Juancito. Creo que no fumaba, y que ese pucho
ahí, en un costado de su boca, era algo puesto en ese lugar alguna
vez y quedó porque, total, a él no pareció molestarle.
Algo había en la expresión de Juancito que subyugaba a
los niños y nos impedía jugarle malas pasadas como hacían
los muchachones de más edad, que se divertían haciéndolo
renegar al grito de insultos o referencias que Juancito no entendía,
pero cuyo significado no se le escapaba del todo porque estaba reflejado
en el gesto y en la intensidad del grito ajeno. Tenía un brillo
en la mirada que hacía de Juancito un personaje vivo, sensible,
bueno y absolutamente inocente. Le brillaban los ojitos achinados, y
su brillo se escapaba por debajo del ala del eterno sombrero para corresponder
los gestos solidarios y amistosos que recibía con incontenible
alegría, o se hacía más intenso cuando las lágrimas
inundaban esos miradores tristes, que no alcanzaban a aprehender ciertos
porqués de las conductas ajenas.
Nunca supimos dónde dormía. Ni dónde comía.
Ni si tenía familia o lugar fijo de paradero. Lo único
que sabíamos era que su presencia formaba parte del paisaje urbano
al que se integraba durante las horas del día, y desaparecía
con el arribo de las primeras sombras de la noche.
Hasta que una vez, muchos años después de estos recuerdos,
Juancito se salió de su escenario habitual. Tan en silencio y
en el mismo aislamiento de soledad y desfase racional que aureoló
su existencia, Juancito se fue en el último viaje. Pero que su
bondad inocente y bobalicona hizo su aporte también para que
niños como yo aprendiéramos cómo es el respeto
y la consideración a la condición humana, más allá
de parámetros de normalidad o de retraso, no hay duda alguna.