Culminada la Guerra Fría, hacia fines de
los años `80, asistimos a un cambio de orden internacional de
cuya completa definición surgirá el mundo que nos tocará
vivir por lo menos en los próximos cincuenta años.
Desintegrada la Unión Soviética, Estados Unidos aparece
como una superpotencia mundial. A partir de esto diversos analistas
intentaron establecer las principales tendencias de cambios así
como también las continuidades de lo que se daría en llamar
Nuevo Orden Mundial y cuál sería el rol que la superpotencia
hegemónica jugaría en él.
En el decenio y poco más transcurrido desde el final de la Guerra
Fría casi todo ha cambiado. La Guerra Fría fue un mundo
bipolar; el siglo XXI es –al menos por el momento- decididamente
unipolar, con los Estados Unidos como única superpotencia. Ahora
ya no hay quien equilibre su poder y eso no es bueno ni para Estados
Unidos ni para el mundo. Ningún país que dispone de un
poder abrumador se comporta con moderación más que durante
un tiempo muy breve. Antes, el objetivo estratégico de los Estados
Unidos era la contención de la Unión Soviética;
hoy el objetivo es preservar una seguridad internacional que se corresponda
con los intereses e ideales estadounidenses. El objetivo militar durante
la Guerra Fría fue hacer frente al expansionismo soviético.
Hoy el objetivo es asegurar y expandir las “zonas democráticas”;
evitar la aparición de un nuevo poder competidor y defender las
regiones claves de Europa, Asia oriental y Oriente Medio.
La lógica de la Guerra Fría y del equilibrio entre las
superpotencias que la caracterizó es cosa del pasado. Desaparecidos
los viejos enemigos, las hipótesis de conflicto en rededor de
las cuales se vertebró la defensa de los Estados Unidos en el
pasado han perdido vigencia. La concepción de la seguridad con
basamento en la defensa de la soberanía nacional frente a amenazas
externas de índole militar quedó relativizada. Así
mismo, han sido puestos en tela de juicio los dos pilares de las Naciones
Unidas y de su Carta: el principio de no injerencia en los asuntos internos
de los Estados y la resolución pacífica de las controversias.
En este marco las reglas y las instituciones pierden sentido y ganan
volatilidad.
La administración Bush ha sacudido el tablero mundial, como si
Gulliver no quisiera verse atado por las reglas de juego establecidas
en 1945. A partir de aquí la tendencia dominante ha sido la recuperación
por parte de Estados Unidos de su sentido de misión en el mundo
que se resume en dos aspectos básicos: la derrota del terrorismo
transnacional y de los estados “canallas” que poseen o procuran
desarrollar armas de destrucción masiva, y la disposición
a usar los medios considerados necesarios para alcanzar ambas metas.
¿Esto explicará el garabato colonialista de Irak y el
dilema estadounidense entre cómo irse o cómo quedarse
allí?
El terror se ha desencadenado de sus celosos custodios y su ejercicio
no es más patrimonio de Estados con nombre y apellido, sino de
fuerzas desnacionalizadas piratas o partisanas. Estados Unidos está
en guerra y, a resultas de su poder, ha fijado nuevas reglas para desarrollarla.
El 11 de septiembre del 2001 ofreció la oportunidad de definir
al enemigo de una manera tan convenientemente concreta como convenientemente
vaga.
La política inaugurada por la única superpotencia mundial
puede resumirse en dos aspectos: 1) unilateralismo y 2) doctrina del
ataque preventivo. Si fuese pertinente reducir la estrategia del presidente
Bush a una fórmula escueta, podemos proponer la que sigue: la
disuasión se resume en la prevención, y ésta, a
su vez, implica anticiparse al enemigo llevando el ataque a su terreno.
Se podrá coincidir con su estrategia de guerra preventiva o disentir
de ella, a condición de entender que desde el 11-S hay otras
reglas de juego en el tablero mundial y que, como sucede siempre, las
ha fijado el actor más poderoso.
La principal noción transformadora y regresiva de la administración
estadounidense es su doctrina de la guerra preventiva. Esta concepción
tiende a ubicar a Estados Unidos en el mundo como una nación
perseguida, blanco de todas las iras, rodeada de enemigos que se esconden
en las sombras, o sea, como víctima. En estas circunstancias,
Estados Unidos sobrevive sólo si ataca a sus enemigos escondidos
y los extermina antes que ellos osen intentarlo. Para la defensa de
la paz se pone el acento en la prevención dejando en un plano
subordinado a las estrategias de contención y disuasión
imperantes durante la Guerra Fría. Washington se plantea ante
el mundo como si el mundo fuera potencialmente un enemigo exterminador
con el cual no hay posibilidades de tratados, acuerdos multilaterales
ni siquiera amistad sincera. Así, el sistema internacional que
Estados Unidos inspiró y ayudó a crear en el siglo XX
-las Naciones Unidas, la Organización de Estados Americanos,
los organismos de Bretton Woods y aún la OTAN- son estructuras
vacías de contenido real: lo único que importa es si apoyan
o se oponen a la fuerza manejada por Washington. Acción y reacción
tienen la misma característica: se efectúan al margen
de cualquier regulación que marque las relaciones entre Estados
soberanos.
El 11 de septiembre ha aumentado la influencia de los sectores religiosos
y neoconservadores en el Pentágono y en la presidencia y proporcionó
la voluntad política de imponerse. En Estados Unidos, pese a
las considerables fuerzas aislacionistas, la fuerza dominante sigue
siendo el internacionalismo, que ha sido la clave del poderío
estadounidense. La cuestión es saber qué internacionalismo
es el que manda en la Casa Blanca, porque la utilización eficaz
del poder nacional está crecientemente condicionada tanto por
la aceptabilidad de sus costos políticos y económicos
como por la legitimidad que se invoca y la confianza que suscita. Con
ello, la política exterior debe gestar previsibilidad y confianza,
recursos valiosos pero frágiles y no fácilmente renovables.
El mundo se ha vuelto un lugar más peligroso y los derechos fundamentales
han sufrido un importante retroceso a favor de la seguridad. Las condiciones
de detención, la confidencialidad sobre los datos privados, la
libertad de expresión y las leyes restrictivas con los inmigrantes
son algunos de los aspectos más preocupantes.
El terror impera y el futuro parece tomar la forma de un acertijo. Pero
no se trata de la existencia de un enemigo insuflado de maldad que irrumpe
sobre el mundo libre, como simplifica la Casa Blanca. Sólo hay
una salida al estado de terror permanente: remplazar la guerra universal
por el acuerdo. La justicia sólo puede nacer del orden legal
y éste se establece a través del acuerdo. Este proceso,
en el que veían con diversos matices Hobbes, Locke y Rousseau,
entre otros contractualistas, el nacimiento del Estado, se reproduce
ahora a escala mundial. Ante la barbarie generalizada sólo hay
dos posibilidades encontradas: la primera es prolongar el "estado
de naturaleza" bajo el domino de un solo poder hegemónico
que imponga su arbitrio a los demás. Es la solución del
despotismo a escala planetaria. Esa vía no suprime las causas
de la guerra de todos contra todos, sólo la reduce a una guerra
dirigida por un único poder. La alternativa es la equivalente
al convenio que dio origen al Estado nacional: el acuerdo racional sobre
un orden normativo al que se someta el arbitrio de los poderes en guerra;
en otras palabras, un contrato social mundial.
Un orden jurídico internacional sólo podrá detener
la guerra de todos contra todos en la medida en que cuente con un acuerdo
general. Sólo así podrá avanzar en la eliminación
progresiva de la causa de la guerra: la situación de injusticia
entre las naciones.
La disyuntiva presente es: o el unilateralismo, con su consecuente imposición
de intereses y valores haciendo más crítica la anarquía
que por naturaleza caracteriza al sistema internacional; o la construcción
de una participación efectiva en la configuración de las
reglas e instituciones que deben regir las relaciones internacionales.
Henos aquí ante el desafío de elegir entre el regreso
a la barbarie y la apuesta por edificar un orden de convivencia racional,
o sea, una verdadera sociedad mundial.