Nº 093 - Civilización o Barbarie en la Política Internacional
Marcos Rodríguez


Culminada la Guerra Fría, hacia fines de los años `80, asistimos a un cambio de orden internacional de cuya completa definición surgirá el mundo que nos tocará vivir por lo menos en los próximos cincuenta años.
Desintegrada la Unión Soviética, Estados Unidos aparece como una superpotencia mundial. A partir de esto diversos analistas intentaron establecer las principales tendencias de cambios así como también las continuidades de lo que se daría en llamar Nuevo Orden Mundial y cuál sería el rol que la superpotencia hegemónica jugaría en él.
En el decenio y poco más transcurrido desde el final de la Guerra Fría casi todo ha cambiado. La Guerra Fría fue un mundo bipolar; el siglo XXI es –al menos por el momento- decididamente unipolar, con los Estados Unidos como única superpotencia. Ahora ya no hay quien equilibre su poder y eso no es bueno ni para Estados Unidos ni para el mundo. Ningún país que dispone de un poder abrumador se comporta con moderación más que durante un tiempo muy breve. Antes, el objetivo estratégico de los Estados Unidos era la contención de la Unión Soviética; hoy el objetivo es preservar una seguridad internacional que se corresponda con los intereses e ideales estadounidenses. El objetivo militar durante la Guerra Fría fue hacer frente al expansionismo soviético. Hoy el objetivo es asegurar y expandir las “zonas democráticas”; evitar la aparición de un nuevo poder competidor y defender las regiones claves de Europa, Asia oriental y Oriente Medio.
La lógica de la Guerra Fría y del equilibrio entre las superpotencias que la caracterizó es cosa del pasado. Desaparecidos los viejos enemigos, las hipótesis de conflicto en rededor de las cuales se vertebró la defensa de los Estados Unidos en el pasado han perdido vigencia. La concepción de la seguridad con basamento en la defensa de la soberanía nacional frente a amenazas externas de índole militar quedó relativizada. Así mismo, han sido puestos en tela de juicio los dos pilares de las Naciones Unidas y de su Carta: el principio de no injerencia en los asuntos internos de los Estados y la resolución pacífica de las controversias. En este marco las reglas y las instituciones pierden sentido y ganan volatilidad.
La administración Bush ha sacudido el tablero mundial, como si Gulliver no quisiera verse atado por las reglas de juego establecidas en 1945. A partir de aquí la tendencia dominante ha sido la recuperación por parte de Estados Unidos de su sentido de misión en el mundo que se resume en dos aspectos básicos: la derrota del terrorismo transnacional y de los estados “canallas” que poseen o procuran desarrollar armas de destrucción masiva, y la disposición a usar los medios considerados necesarios para alcanzar ambas metas. ¿Esto explicará el garabato colonialista de Irak y el dilema estadounidense entre cómo irse o cómo quedarse allí?
El terror se ha desencadenado de sus celosos custodios y su ejercicio no es más patrimonio de Estados con nombre y apellido, sino de fuerzas desnacionalizadas piratas o partisanas. Estados Unidos está en guerra y, a resultas de su poder, ha fijado nuevas reglas para desarrollarla. El 11 de septiembre del 2001 ofreció la oportunidad de definir al enemigo de una manera tan convenientemente concreta como convenientemente vaga.
La política inaugurada por la única superpotencia mundial puede resumirse en dos aspectos: 1) unilateralismo y 2) doctrina del ataque preventivo. Si fuese pertinente reducir la estrategia del presidente Bush a una fórmula escueta, podemos proponer la que sigue: la disuasión se resume en la prevención, y ésta, a su vez, implica anticiparse al enemigo llevando el ataque a su terreno. Se podrá coincidir con su estrategia de guerra preventiva o disentir de ella, a condición de entender que desde el 11-S hay otras reglas de juego en el tablero mundial y que, como sucede siempre, las ha fijado el actor más poderoso.
La principal noción transformadora y regresiva de la administración estadounidense es su doctrina de la guerra preventiva. Esta concepción tiende a ubicar a Estados Unidos en el mundo como una nación perseguida, blanco de todas las iras, rodeada de enemigos que se esconden en las sombras, o sea, como víctima. En estas circunstancias, Estados Unidos sobrevive sólo si ataca a sus enemigos escondidos y los extermina antes que ellos osen intentarlo. Para la defensa de la paz se pone el acento en la prevención dejando en un plano subordinado a las estrategias de contención y disuasión imperantes durante la Guerra Fría. Washington se plantea ante el mundo como si el mundo fuera potencialmente un enemigo exterminador con el cual no hay posibilidades de tratados, acuerdos multilaterales ni siquiera amistad sincera. Así, el sistema internacional que Estados Unidos inspiró y ayudó a crear en el siglo XX -las Naciones Unidas, la Organización de Estados Americanos, los organismos de Bretton Woods y aún la OTAN- son estructuras vacías de contenido real: lo único que importa es si apoyan o se oponen a la fuerza manejada por Washington. Acción y reacción tienen la misma característica: se efectúan al margen de cualquier regulación que marque las relaciones entre Estados soberanos.
El 11 de septiembre ha aumentado la influencia de los sectores religiosos y neoconservadores en el Pentágono y en la presidencia y proporcionó la voluntad política de imponerse. En Estados Unidos, pese a las considerables fuerzas aislacionistas, la fuerza dominante sigue siendo el internacionalismo, que ha sido la clave del poderío estadounidense. La cuestión es saber qué internacionalismo es el que manda en la Casa Blanca, porque la utilización eficaz del poder nacional está crecientemente condicionada tanto por la aceptabilidad de sus costos políticos y económicos como por la legitimidad que se invoca y la confianza que suscita. Con ello, la política exterior debe gestar previsibilidad y confianza, recursos valiosos pero frágiles y no fácilmente renovables.
El mundo se ha vuelto un lugar más peligroso y los derechos fundamentales han sufrido un importante retroceso a favor de la seguridad. Las condiciones de detención, la confidencialidad sobre los datos privados, la libertad de expresión y las leyes restrictivas con los inmigrantes son algunos de los aspectos más preocupantes.
El terror impera y el futuro parece tomar la forma de un acertijo. Pero no se trata de la existencia de un enemigo insuflado de maldad que irrumpe sobre el mundo libre, como simplifica la Casa Blanca. Sólo hay una salida al estado de terror permanente: remplazar la guerra universal por el acuerdo. La justicia sólo puede nacer del orden legal y éste se establece a través del acuerdo. Este proceso, en el que veían con diversos matices Hobbes, Locke y Rousseau, entre otros contractualistas, el nacimiento del Estado, se reproduce ahora a escala mundial. Ante la barbarie generalizada sólo hay dos posibilidades encontradas: la primera es prolongar el "estado de naturaleza" bajo el domino de un solo poder hegemónico que imponga su arbitrio a los demás. Es la solución del despotismo a escala planetaria. Esa vía no suprime las causas de la guerra de todos contra todos, sólo la reduce a una guerra dirigida por un único poder. La alternativa es la equivalente al convenio que dio origen al Estado nacional: el acuerdo racional sobre un orden normativo al que se someta el arbitrio de los poderes en guerra; en otras palabras, un contrato social mundial.
Un orden jurídico internacional sólo podrá detener la guerra de todos contra todos en la medida en que cuente con un acuerdo general. Sólo así podrá avanzar en la eliminación progresiva de la causa de la guerra: la situación de injusticia entre las naciones.
La disyuntiva presente es: o el unilateralismo, con su consecuente imposición de intereses y valores haciendo más crítica la anarquía que por naturaleza caracteriza al sistema internacional; o la construcción de una participación efectiva en la configuración de las reglas e instituciones que deben regir las relaciones internacionales. Henos aquí ante el desafío de elegir entre el regreso a la barbarie y la apuesta por edificar un orden de convivencia racional, o sea, una verdadera sociedad mundial.

 
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