Los habitantes de la antigua Grecia eran, indudablemente, gente de una
extraordinaria imaginación y un gran poder de observación.
Quizá la belleza del Mar Egeo, el esplendor de las construcciones
atenienses, o la vida tranquila para ser dedicada a la contemplación
y el pensamiento fue lo que llevó a estos hombres a reflexionarlo
todo.
De la Grecia Clásica emanaron desde pensamientos sobre la vida
y la muerte y fantásticas observaciones cósmicas, hasta
innovaciones en los aspectos más terrenales y en las costumbres
más exquisitas.
Y el choque de copas (acompañado por el clásico “chin-chin”)
en el brindis, es un invento griego.
Alguien que hace ya un tiempo oficiaba de consejero de buenos modales
en los medios de comunicación, decía que el choque de
copas en el brindis era una costumbre no aceptada por la etiqueta.
Quizá sea así. Pero este ritual milenario tiene sus motivos
bien justificados. No fue porque sí que los griegos inventaron
el cruce sonoro de copas.
Aquellos hombre de antaño, notaron que en el beber podían
intervenir sólo cuatro sentidos: el tacto (el líquido
se toca, se siente), el gusto (aunque para el vino que en aquel entonces
bebían los griegos hubiese sido mejor no haberlo tenido), el
olfato (también de discutible utilidad frente a aquel retziná)
y la vista (hoy los ojos se regocijan en los rubíes de un cabernet,
por ejemplo).
Sólo faltaba en aquel encuentro de sentidos el oído, por
eso fue necesario que las copas sonaran. ¡Chin chin!.