La vida era distinta antes. Los memoriosos
hablan de calles seguras, de barrios seguros, de sillas en la vereda
en verano, de niños jugando en el parque hasta altas horas de
la noche y del policía conocido por todos.
Las vivencias personales, como siempre, suelen tener como telón
de fondo a los procesos históricos y sociales en los cuales se
desarrolla nuestra vida. La época en que llegábamos a
casa tarde y sin preocupaciones, o cuando la vereda era la patria de
los vecinos del barrio, fue también la época de la inclusión
social, de trabajadores felices y de movilidad social.
Cualquier análisis muestra que aquel modelo de vida tenía
en cuenta a todos los ciudadanos, se necesitaba de todos para producir,
para servir al modelo de producción e industrialización
que brillaba entonces.
Pero como todo proceso social y económico suele tener cierta
carga de cinismo, la realidad muestra que, precisamente como se necesitaba
de todos, el Estado debía brindar las mejores condiciones de
vida para garantizar la existencia del conjunto de la sociedad.
Todos debían llegar en buenas condiciones a la fábrica
u oficina, y regresar al día siguiente, por lo tanto el Estado
hacía su aporte activando las mejores políticas públicas
para garantizar la integridad de los trabajadores y sus familias. La
seguridad era, en este esquema, un bien público como lo podía
ser el transporte público, la buena educación pública,
la vivienda pública, la atención sanitaria o el agua corriente.
Pero llegaría un nuevo modelo, el más cruel, que ya no
necesitaría de todos para producir, y en el cual se incurrió
sistemáticamente en la destrucción del aparato productivo
argentino, cuando no, la robotización de las fábricas
llevó a prescindir de muchas tareas humanas.
Pasaríamos a tener una población incluida y una mayoría
de trabajadores con empleo precario y grupos marginales con escasas
posibilidades de mejorar su ubicación en la sociedad.
Esto también generó municipios o comunas incluidos y excluidos
o escasamente integrados al modelo. El Estado a su vez redujo sus funciones
y focalizó sus esfuerzos hacia sectores que están dentro
del sistema, se concentró en los ganadores del modelo y así
la seguridad, por ejemplo, pasó a ser un bien del que pocos pueden
disfrutar.
En las sombras fueron quedando áreas ganadas por la desocupación
y el deterioro del espacio urbano. La chica que llegaba del baile se
acostumbró a pedirle al remisero que la esperara hasta que ingresara
a su casa. El monumento fue conminado a una posteridad anónima
ante la sustracción de la placa de bronce, los cables fueron
canjeados a valor cobre, y nos acostumbramos a las rejas en las ventanas.
Como muchos otros servicios, la seguridad se retiró del espacio
urbano y se concentró sólo en barrios y municipios integrados
y útiles al modelo excluyente.
Muchas veces, tal fue el achicamiento
y alejamiento del Estado en el modelo cruel, la seguridad se convirtió
en privilegio de aquel que la puede pagar.
¿Un ejemplo?, un botón basta de muestra. En las grandes
ciudades se puede visualizar mejor esta división entre buenos
servicios públicos para los incluidos y ausencia de Estado en
áreas marginales. En Buenos Aires, por ejemplo, se levantó
un fantástico Puerto Madero, con oficinas modelo siglo XXI, edificios
inteligentes, con seguridad propia, que a su vez conectan con veloces
autopistas que llevan a barrios también con custodia privada.
Y algo más, la zona que concentra los mayores ingresos de la
Capital Federal, llamada Barrio Norte, posee espacios verdes custodiados
por policías en bicicleta, al mejor estilo de las películas
de Estados Unidos. Esto contrasta fuertemente con zonas en las que es
imposible ver un patrullero.
Esto que se visualiza tan bien en las grandes ciudades, se puede percibir
en el ámbito de las municipalidades. Ver sino como San Isidro,
en la Provincia de Buenos Aires, se “satura” de seguridad,
con prefectura, gendarmería y policía.
De este modo, las municipalidades que concentran la inversión
privada dada su rentabilidad, siguen marcando la diferencia.
La intención debería ser que esto cambie. Así como
se intenta transformar un modelo que excluye y margina, por un país
con trabajo y producción (que nunca debimos haber abandonado),
debe procurarse también que el Estado vuelva a estar presente
con calidad de servicio sin distinción de sectores.
El servicio de seguridad, al igual que otros servicios públicos,
debe volver a reinstalarse como un derecho de todos. Para sacar las
rejas para siempre y comenzar a ver el cielo en todo su esplendor, para
poder llegar tarde a casa sin preocupaciones, para que el prócer
rija un corcel de bronce en el alba de una plaza, para que los cables
estén en su lugar.
(*) Sociólogo. Graduado en la Univ. de Bs. As.