Nº 096 - Tiempos Dificiles – Octavio Físner Oliva |
Nada como
los sucesos tremendos hay para recordarnos cada dos por tres que estamos
viviendo tiempos difíciles. La trágica visión de
la escuela de Carmen de Patagones, con un adolescente descerrajando balazos
a sus compañeros en una locura de violencia que estalló
en ese preciso momento, es el certificado explícito pero a la vez
doloroso, de esa realidad plagada de dificultades de la existencia actual.
Es el sello de la violencia que se manifiesta a cada paso que damos o
a cada mirada que echamos sobre el acontecer del mundo. No vale ninguna
medición de intensidad o de resultados, sino la comprobación
de que en todo está la violencia, la que mata, la que destruye,
la que humilla, la que golpea, la que determina el destrozo integral de
una o de mil familias, a la vez que la vida misma que les quedará
por vivir a los que la manipulan consciente o inconscientemente. Y si
no vale dimensionar ese nivel que suele alcanzar la violencia, sí
vale tomar conciencia de la incapacidad de esta humanidad civilizada que
integramos para controlarla, para preverla, para neutralizarla. Y es en
esta incapacidad donde hay que ir a idear las soluciones o los cursos
de acción más adecuados para, siquiera, limitarla y atenuar
la dinámica de su expansión.
Ese triste acontecimiento servirá para transcurrir un período de revisiones de conductas y de opiniones críticas, como es habitual cuando se producen conmociones así, para el entretenimiento sobre vulgaridades y lugares comunes que no aportarán nada serio ni útil para nada. Porque tal es la secuela inevitable que se expresa a través de los medios que asumen un protagonismo esencial, y se nutren de cuanta gente puede hacer su aporte para cubrir los tiempos y las páginas con la charlatanería barata, la sensiblería insensata y, como de cuando en cuando, la seriedad de profesionales cuyos conceptos no son alcanzados como debería. Mientras tanto, nada cambiará en las conductas, en las costumbres y en los conflictos que constituyen la habitualidad actual de donde fluye esa violencia cuyo estallido promueve estados de ánimo como el que hoy nos acomete. Es claro, también, que todo cuanto se diga, se imagine o se divague en los días que lleve hasta transferir esta anécdota a la región del olvido indiferente convocado por otro suceso que atrape la atención, no servirá para asumir responsabilidades, para recordarle a nadie que hay obligaciones que cumplir y modos de conducir los asuntos personales y familiares, ejercer la función de padres, docentes, gobernantes, informantes, creadores artistas, adoctrinadores de todas las tesis y encargados de regular las relaciones humanas. En síntesis, que todo seguirá igual, dejando sin desarmar esa bomba de tiempo que es la violencia generada precisamente en las falencias de convivencia familiar y social que no se confiesan, no se reconocen y, en el mejor de los casos (si pudiera considerarse así) se carga sobre lomos ajenos porque el propio no aguantaría ni siquiera la posibilidad de admitirlas. De tal modo, seguiremos transfiriendo hacia el futuro las culpas, las acciones sin control y los dolores de accidentes como el de Carmen de Patagones. O como el del chico que acá mismo, a cuadras nada más de cada uno de nosotros, está sufriendo las secuelas de una feroz golpiza que, guardando las diferencias de intensidad, no es más que otro estallido de la misma violencia que perturba las mentes de adolescentes conflictuados. Porque toda la violencia, cualesquiera fueren sus expresiones explosivas, es equiparable y asimilarse a una igualdad de origen, de descontrol y de locura. Porque siempre es violencia, es decir, siempre es el mismo problema que es causa de los mismos dolores, de iguales fracasos, de similares desvaríos precoces de la condición humana. Sí, pues, que son tiempos difíciles los que nos toca vivir, y nadie está fuera de las posibilidades de ligar algo en este infausto reparto de infortunios y desgracias. |
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