“La familia, como dijo Juan Pablo II, el
la esperanza de la Iglesia y la esperanza de la sociedad”
La fragmentación presente en nuestra cultura llega a las familias.
Con singulares agresiones se encuentra amenazado el ideal de la vida
en familia. En algunos casos, este ideal ya no se valora ni se busca,
por ignorancia, desidia o indiferencia. La sociedad posmoderna marca
cambios profundos en la modalidad y duración de los vínculos:
parejas que conviven sin formalizar las alianzas, parejas que se casan
o tienen hijos y casi al mismo tiempo comienzan un proceso de separación,
infidelidades, los nuevos modelos de relación entre los sexos
y roles de varón y o de mujer. Por otra parte, entre los factores,
el acentuado individualismo provoca en las familias falta de comunicación,
falta de superficialidad e intolerancia, cuando no agresión y
violencia. El desempleo, la creciente pobreza y la marginación
compulsiva de vastos sectores a causa de la crisis económica,
generan desencuentros, pérdidas de los vínculos afectivos,
distorsión de los roles hasta llegar a disgregar el núcleo
familiar. Una familia en riesgo, como hoy se llama, pierde la capacidad
de reacción para ayudar a sus miembros ante los peligros del
alcohol, la droga o cualquier vicio que comprometa su integridad. Pero
a pesar de todo, hay que continuar luchando para lograr familias integradas,
donde se desarrollen las cualidades, donde cada miembro que la integra
se enriquezca con lo que es propio. Donde todos encuentren siempre cariño,
protección, ayuda, alegría y paz. Es la familia una comunidad
de vida y amor, abierta y sin fronteras, donde el hombre ha de vivir
el amor para luego darlo a los demás. Pero para lograrlo es necesario
luchar por conservar y aumentar ese cariño que se tenía
al contraer matrimonio para así, felices continuar unidos por
siempre. Es repetir todos los días ese sí que dimos al
casarnos. Hay que cultivar el amor, como una planta que se riega, se
abona, se cuida para que de frutos. Es tener detalle, hacer la vida
amable y no dejar escapar de nuestras manos la felicidad y el amor que
teníamos al casarnos. Cuando vengan los problemas o dificultades,
que siempre habrá, buscar soluciones, ponerse de acuerdo y luchar
juntos. Dialogando sin miedos a que venga un disgusto, tocar el tema
que sea necesario sin caer en pleito, respetándose pues si no,
viene el distanciamiento entre uno y otro. Ayudarse para no crear discusiones,
caras largas, huidas o el diálogo en las peores condiciones.
Hacerlo y lograrlo ayudará a la felicidad y a la unidad de los
cónyuges, a la permanencia o duración matrimonial y por
tanto, a engrandecer el amor para después transmitirlo a los
hijos y darles así el cariño, la seguridad y la paz que
ellos necesitan para desarrollarse plenamente.