Nº 096 - Las Romerias Españolas – Estampas con sabor a viejo (Retorvisor)

Fueron, hasta las “Fiestas de la Juventud” que incorporó el Club Estudiantes, la única fiesta popular por excelencia que registraba el calendario olavarriense. Coincidían las Romerías Españolas con el tiempo de los festejos de “Fin y Principio de Año” (como se decía entonces), y allá iba todo el pueblo a compartir esas horas de música, luces, colores y alegría sana y recatada. A pocos pasos luego de ingresar al Prado, estaba un Chevrolet último modelo, flamante y excitante: era el premio que, en la última noche, lo ganaba quien tuviera la entrada con el número sorteado allí mismo. Lo demás era como la pista de un circo: un gran círculo marcado por una sucesión de kioscos con aquellas grandes ruletas de madera, claveteadas, en los que las damas ofrecían los números cuyos premios consistían en cajas de bombones, muñecas, veladores y otras chucherías que dejaban contentos a los ganadores. Eso varió después, y el juego se hacía directamente por dinero del “1 paga 5” o más, según la fórmula propuesta muy “sotto voce”. Cuando llegó la prohibición de ese juego de azar por dinero, se entregaban cajas de bombones que luego, bajo cuerda y soslayando la mirada vigilante de algún “chafle”, se canjeaban por dinero.

Dentro de ese círculo estaba la lisa pista de baile donde decenas de parejas le daban al tango, la milonga y el vals que ejecutaba la Orquesta Rossi (la gran atracción) con la voz ya legendaria de Elías Salomón, o se contoneaban al compás de rumbas, pasodobles o corridos mejicanos de la “característica” de Luis Giancola o la de Milani. La gente se acomodaba a la vera de la pista para ver bailar o cruzar miradas para comprometer pareja para “la próxima pieza”, o se agolpaba frente al palco de las orquestas para escuchar y ver a los músicos en acción. De todo eso se componía la diversión además de los “mamados” que, equivocados de diversión, libaban por demás en la cantina-, de la cual muchas familias resultaron de ese encuentro, de ese baile y de esos boleros...

Todo empezaba con una salva de bombas que se oía en todo el pueblo, alrededor de las 9 de la noche (tiempos de horario de huso meridiano) y finalizaba a la media noche, pero si la concurrencia era mucha y los aplausos reclamaban extensión horaria, podía llegarse, en casos de excepción, a las tres de la mañana, pero el final final lo marcaban los Rossi cuando aceleraban los últimos compases del último pasodoble. Así era esa fiesta, verdadera, única durante años, ingenua y recatada como era ése su tiempo, pero auténtica y plena. Por eso es que el recuerdo del Prado Español y sus Romerías merece un lugar en este rincón de las memorias gratas.

 
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