Maestro / Estudiante “Tecnicatura en Gestión Política
y Municipal " - ecpv@data54.com
Acostumbrados a ver en la luz se nos torna
difícil penetrar la oscuridad, acostumbrados al entorno dominante,
se nos nubla el marco global que lo contiene y vamos transitando por
una realidad vestida, que teme mostrase desnuda por la crudeza que atenta
contra lo que nos cuesta asumir.
Los vientos diarios nos hacen flamear por la rutina y pareciera que
soplan siempre hacia el mismo lugar, hacia aquel que nos hace a todos
iguales, a la deriva o hacia el sitio de una aparente salida feliz.
Viendo solo lo de uno, limitándose a lo propio, estereotipando
lo normal, marginando lo extraño, lo dudoso, lo incierto.
Analizamos el “así son las cosas” por el juicio tendencioso
que pulula por los agentes encargados de igualarnos el pensamiento,
mientras duerme embriagadamente nuestra postura critica, en algún
lugar censurado de la conciencia.
Van transcurriendo los cuadros de la realidad en una exposición
que otros preparan para que le creamos, la aplaudamos o la cercenemos
y pasamos de una aparente inserción activa en la convivencia
social a una tribuna de espectadores que digieren lo masticado por tendenciosas
interpretaciones, que producen ideologías que atentan contra
las raíces de nuestros más sensibles valores humanos.
No hay día que dejen de armar las escenas por donde deben transitar
nuestros pensamientos, nuestra conversación diaria, llenando
los espacios vacíos por nuestra dormida crítica.
Levantarse y dejarlos entrar, porque al no estar se nos dificulta la
inserción, concretándose la paradoja de que creyéndoles
estamos al día con la realidad, mientras se nos escapa la verdad,
la verdadera realidad.
Cuando nuestros hijos están en la escuela, la televisión
nos va mostrando detalladamente las sillas agujereadas, las mesas de
un aula lastimadas con la sangre de alumnos.
La muerte donde reina la vida, el dolor donde juega la alegría
y Carmen de Patagones pasó a ser: Federico, Evangelina y Sandra
de Patagones, Rafael de Patagones.
Allí fueron: medios, gobierno, juicios, análisis, interpretaciones,
allí estuvieron mientras iban cosechándose las opiniones
tendenciosas de los que pretenden justificar sus ideologías represivas:
“habrá que hacer como en Estados Unidos, hay que poner
detectores de metales en las escuelas”; que sería la represión
en época democrática, porque si no estaríamos en
esta forma de gobierno, los detectores estarían uniformados controlando
los recreos, la libertad y la alegría.
Pero... ¿cual es el marco global que contiene este escenario?,
porque pareciera que estas muertes están siendo episodios de
una obra que no se está escribiendo, un capítulo que no
pertenece a la realidad; como si este libro desconociera la palabra
violencia, cuando ella es el título de la obra.
Quizás lo que debe extrañar es porque no sucede más
habitualmente, porque vivimos y flotamos en violencia.
Porque nos violenta la injusticia, la desigualdad, la marginación,
los prejuicios, la exclusión, la sanguinaria crueldad de los
medios de información, las guerras, las opresiones, los robos,
los secuestros, el hambre, la desocupación, la represión,
el abandono, la deserción escolar y la muerte infantil, el menosprecio
continuo a la vida.
¿Qué ceguera nos lleva a pensar que lo sucedido no debiera
suceder?, abrir los ojos y reflexionar: ¿quiénes actúan
para que lo que debiera suceder, acontezca lo menos posible?.
Al cerrar nuestra crítica, estaríamos negando que las
situaciones violentas existen y considerar que es lógico y no
violento: el hambre, la desocupación, la injusticia social, la
distribución injusta de la riqueza, hasta sería normal
la guerra sólo por el hecho de que son situaciones habituales,
cotidianas.
Y en esta clarificación surgirían del ocultamiento tendencioso
donde se los pretende encerrar, los actores sociales que encausan la
irritable violencia hacia acciones que artesanalmente producen belleza,
amor, comprensión, participación y lucha. Porque pese
a lo sucedido y a lo que suceda: la familia, los alumnos, los maestros
y los profesores reman continuamente en un agua densa, pesada, difícil,
obviamente contra la corriente.
Descreer este trabajo, esta lucha cotidiana, es entregarse a la desesperanza,
a que nada es modificable, al final de un estilo social, que rápidamente
será utilizado para promocionar otros estilos que sostendrán
paradojalmente la paz con la violencia.
Los hechos que acontecen son duros, nos duelen, nos solidarizan, pero
no deben nublar la bandera que se sostiene en un campo tristemente violento,
una bandera que muestre enérgicamente en su flamear nuestra certeza
más firme: creemos en la familia, creemos en los alumnos, creemos
en los profesores, creemos en las maestras, creemos en la escuela, que
seguirá siendo el mejor lugar donde estarán nuestros hijos.