Nº 096 - Nuestro Mejor Lugar – Eduardo Vali

Maestro / Estudiante “Tecnicatura en Gestión Política y Municipal " - ecpv@data54.com

Acostumbrados a ver en la luz se nos torna difícil penetrar la oscuridad, acostumbrados al entorno dominante, se nos nubla el marco global que lo contiene y vamos transitando por una realidad vestida, que teme mostrase desnuda por la crudeza que atenta contra lo que nos cuesta asumir.
Los vientos diarios nos hacen flamear por la rutina y pareciera que soplan siempre hacia el mismo lugar, hacia aquel que nos hace a todos iguales, a la deriva o hacia el sitio de una aparente salida feliz.
Viendo solo lo de uno, limitándose a lo propio, estereotipando lo normal, marginando lo extraño, lo dudoso, lo incierto.
Analizamos el “así son las cosas” por el juicio tendencioso que pulula por los agentes encargados de igualarnos el pensamiento, mientras duerme embriagadamente nuestra postura critica, en algún lugar censurado de la conciencia.
Van transcurriendo los cuadros de la realidad en una exposición que otros preparan para que le creamos, la aplaudamos o la cercenemos y pasamos de una aparente inserción activa en la convivencia social a una tribuna de espectadores que digieren lo masticado por tendenciosas interpretaciones, que producen ideologías que atentan contra las raíces de nuestros más sensibles valores humanos.
No hay día que dejen de armar las escenas por donde deben transitar nuestros pensamientos, nuestra conversación diaria, llenando los espacios vacíos por nuestra dormida crítica.
Levantarse y dejarlos entrar, porque al no estar se nos dificulta la inserción, concretándose la paradoja de que creyéndoles estamos al día con la realidad, mientras se nos escapa la verdad, la verdadera realidad.
Cuando nuestros hijos están en la escuela, la televisión nos va mostrando detalladamente las sillas agujereadas, las mesas de un aula lastimadas con la sangre de alumnos.
La muerte donde reina la vida, el dolor donde juega la alegría y Carmen de Patagones pasó a ser: Federico, Evangelina y Sandra de Patagones, Rafael de Patagones.
Allí fueron: medios, gobierno, juicios, análisis, interpretaciones, allí estuvieron mientras iban cosechándose las opiniones tendenciosas de los que pretenden justificar sus ideologías represivas: “habrá que hacer como en Estados Unidos, hay que poner detectores de metales en las escuelas”; que sería la represión en época democrática, porque si no estaríamos en esta forma de gobierno, los detectores estarían uniformados controlando los recreos, la libertad y la alegría.
Pero... ¿cual es el marco global que contiene este escenario?, porque pareciera que estas muertes están siendo episodios de una obra que no se está escribiendo, un capítulo que no pertenece a la realidad; como si este libro desconociera la palabra violencia, cuando ella es el título de la obra.
Quizás lo que debe extrañar es porque no sucede más habitualmente, porque vivimos y flotamos en violencia.
Porque nos violenta la injusticia, la desigualdad, la marginación, los prejuicios, la exclusión, la sanguinaria crueldad de los medios de información, las guerras, las opresiones, los robos, los secuestros, el hambre, la desocupación, la represión, el abandono, la deserción escolar y la muerte infantil, el menosprecio continuo a la vida.
¿Qué ceguera nos lleva a pensar que lo sucedido no debiera suceder?, abrir los ojos y reflexionar: ¿quiénes actúan para que lo que debiera suceder, acontezca lo menos posible?.
Al cerrar nuestra crítica, estaríamos negando que las situaciones violentas existen y considerar que es lógico y no violento: el hambre, la desocupación, la injusticia social, la distribución injusta de la riqueza, hasta sería normal la guerra sólo por el hecho de que son situaciones habituales, cotidianas.
Y en esta clarificación surgirían del ocultamiento tendencioso donde se los pretende encerrar, los actores sociales que encausan la irritable violencia hacia acciones que artesanalmente producen belleza, amor, comprensión, participación y lucha. Porque pese a lo sucedido y a lo que suceda: la familia, los alumnos, los maestros y los profesores reman continuamente en un agua densa, pesada, difícil, obviamente contra la corriente.
Descreer este trabajo, esta lucha cotidiana, es entregarse a la desesperanza, a que nada es modificable, al final de un estilo social, que rápidamente será utilizado para promocionar otros estilos que sostendrán paradojalmente la paz con la violencia.
Los hechos que acontecen son duros, nos duelen, nos solidarizan, pero no deben nublar la bandera que se sostiene en un campo tristemente violento, una bandera que muestre enérgicamente en su flamear nuestra certeza más firme: creemos en la familia, creemos en los alumnos, creemos en los profesores, creemos en las maestras, creemos en la escuela, que seguirá siendo el mejor lugar donde estarán nuestros hijos.

 
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