N° 099 - La Calidad Destronó a la Cantidad Hedono


Las estadísticas sin una explicación, son fríos números. Las cifras en torno al consumo de vinos toman relieve si se analizan sus razones, sus lógicas, que son más que interesantes.
Hay dos hechos para celebrar, el aumento de la participación argentina en el mercado mundial de vinos, y el refinamiento de las preferencias de los argentinos en el consumo del zumo de la vid.
Vayamos primero a los comportamientos de los consumidores domésticos.
En Argentina se consume menos vino que hace 20 años, pero ese descenso en la cantidad significó también una mejora en la calidad. En 1980 se bebían 76 litros de vino per cápita, de los cuales 6 correspondían a vinos finos, y lo demás era del montón. En la actualidad se consumen 36 litros (menos de la mitad que antaño), de los cuales 10 litros corresponden a vinos finos. Un dato más que demuestra que el descenso de litros implicó una mejora en el líquido, es que la facturación de las bodegas ha aumentado gracias a los buenos y finos vinos.
Las razones de una mejora en la calidad, y un descenso en la cantidad son varias. Recordemos que a principios de los '80 comenzaban a tener auge las teorías de la vida sana, la gimnasia y las dietas, lo que generó un cambio de hábitos. Si bien desde entonces, al vino no dejaron de descubrírsele propiedades benéficas, ya no se trató de beber por beber, la consigna pasó a ser: disfrutar de la calidad con moderación.
Esto también generó un aficionado menos complaciente y mucho más experto. Un aficionado que a su vez se ve influenciado por la aparición de una pujante cultura del vino que ha convertido el mero y simple acto de beber en una afición sofisticada y hedonista.
Por otra parte, hay un dato no menor que explica el descenso de la cantidad de consumo de vino. El otro día leyendo el artículo de un economista que no tenía que ver específicamente con el vino, me anoticié de la fuerte prohibición del vino en las obras de construcción a partir de los años '90. Las aseguradoras de riesgos de trabajo han sido rigurosas, y eso llevó a la suspensión del vino bebido también con el clásico “asado de obra”. Este hecho también provocó el descenso del consumo, y seguramente de vinos que no brillaban por la calidad.
No faltan indicios para convencer al incrédulo de un cambio en las preferencias de los argentinos respecto al vino.
En los últimos años han proliferado las vinotecas con calidad y asesoramiento, se popularizaron cursos de cata, e irrumpen en el mercado nuevas bodegas. Prueba de esto último es la multiplicación de etiquetas: 3 veces más que hace 10 años.
Esta vigorosidad que muestra la industria vitivinícola argentina, también le permitió crecer internacionalmente. Hasta mediados de los '80 nuestra industria permanecía ignorada en los foros especializados internacionales. Las exigencias de los consumidores locales, la modernización de las bodegas y la tecnificación, lograron que los vinos argentinos comenzaran a ganar reconocimiento mundial.
Si bien la Argentina está lejos de los principales exportadores vitivinícolas del mundo, las ventas al exterior crecieron un 600% desde 1993, lo que coloca a nuestro país en el lugar de 5º exportador mundial.
Argentina recién ahora está ganando fama como productor de vinos, un espacio que países como Australia y Chile ganaron ya hace muchos años. Sin embargo el potencial argentino es enorme; en Brasil, por ejemplo, se desplazó a los vinos chilenos del podio.
Las exportaciones vienen creciendo y hay mucho para mejorar. Nuestros vinos se caracterizan mundialmente como “vinos del nuevo mundo”, es decir como bebidas que comienzan a desafiar los siglos de Francia, España o Italia.
El mercado internacional es más que un buen negocio, porque allí también reinan los vinos finos, la calidad por sobre la cantidad.

 
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