Las estadísticas
sin una explicación, son fríos números. Las cifras
en torno al consumo de vinos toman relieve si se analizan sus razones,
sus lógicas, que son más que interesantes.
Hay dos hechos para celebrar, el aumento de la participación
argentina en el mercado mundial de vinos, y el refinamiento de las preferencias
de los argentinos en el consumo del zumo de la vid.
Vayamos primero a los comportamientos de los consumidores domésticos.
En Argentina se consume menos vino que hace 20 años, pero ese
descenso en la cantidad significó también una mejora en
la calidad. En 1980 se bebían 76 litros de vino per cápita,
de los cuales 6 correspondían a vinos finos, y lo demás
era del montón. En la actualidad se consumen 36 litros (menos
de la mitad que antaño), de los cuales 10 litros corresponden
a vinos finos. Un dato más que demuestra que el descenso de litros
implicó una mejora en el líquido, es que la facturación
de las bodegas ha aumentado gracias a los buenos y finos vinos.
Las razones de una mejora en la calidad, y un descenso en la cantidad
son varias. Recordemos que a principios de los '80 comenzaban a tener
auge las teorías de la vida sana, la gimnasia y las dietas, lo
que generó un cambio de hábitos. Si bien desde entonces,
al vino no dejaron de descubrírsele propiedades benéficas,
ya no se trató de beber por beber, la consigna pasó a
ser: disfrutar de la calidad con moderación.
Esto también generó un aficionado menos complaciente y
mucho más experto. Un aficionado que a su vez se ve influenciado
por la aparición de una pujante cultura del vino que ha convertido
el mero y simple acto de beber en una afición sofisticada y hedonista.
Por otra parte, hay un dato no menor que explica el descenso de la cantidad
de consumo de vino. El otro día leyendo el artículo de
un economista que no tenía que ver específicamente con
el vino, me anoticié de la fuerte prohibición del vino
en las obras de construcción a partir de los años '90.
Las aseguradoras de riesgos de trabajo han sido rigurosas, y eso llevó
a la suspensión del vino bebido también con el clásico
“asado de obra”. Este hecho también provocó
el descenso del consumo, y seguramente de vinos que no brillaban por
la calidad.
No faltan indicios para convencer al incrédulo de un cambio en
las preferencias de los argentinos respecto al vino.
En los últimos años han proliferado las vinotecas con
calidad y asesoramiento, se popularizaron cursos de cata, e irrumpen
en el mercado nuevas bodegas. Prueba de esto último es la multiplicación
de etiquetas: 3 veces más que hace 10 años.
Esta vigorosidad que muestra la industria vitivinícola argentina,
también le permitió crecer internacionalmente. Hasta mediados
de los '80 nuestra industria permanecía ignorada en los foros
especializados internacionales. Las exigencias de los consumidores locales,
la modernización de las bodegas y la tecnificación, lograron
que los vinos argentinos comenzaran a ganar reconocimiento mundial.
Si bien la Argentina está lejos de los principales exportadores
vitivinícolas del mundo, las ventas al exterior crecieron un
600% desde 1993, lo que coloca a nuestro país en el lugar de
5º exportador mundial.
Argentina recién ahora está ganando fama como productor
de vinos, un espacio que países como Australia y Chile ganaron
ya hace muchos años. Sin embargo el potencial argentino es enorme;
en Brasil, por ejemplo, se desplazó a los vinos chilenos del
podio.
Las exportaciones vienen creciendo y hay mucho para mejorar. Nuestros
vinos se caracterizan mundialmente como “vinos del nuevo mundo”,
es decir como bebidas que comienzan a desafiar los siglos de Francia,
España o Italia.
El mercado internacional es más que un buen negocio, porque allí
también reinan los vinos finos, la calidad por sobre la cantidad.