N° 099 - Lobizones Ceferino D. Lazcano


A mí me gusta caminar de noche, sobretodo si hay luna llena.
El paisaje es otro y apoyándome en las muletas de la memoria puedo marchar sin sobresaltos.
Mis caminos preferidos son los entoscados, pues por esos senderos, la blanca luz lunar adquiere un suplemento en las claras piedras y facilita la visión.
A lo lejos, el panorama se torna difuso, aunque discernible.
Los montes añosos, las construcciones campesinas se rodean de un halo de misterio, mientras el rocío del mundo cae sobre mis hombros.
Las noches en el campo son frescas, el viento agradable acaricia mis pelos.
Sólo no hay que tener miedo: la aprensión llama al peligro.
Hacia el nordeste, a más de una legua de la ciudad hay varias elevaciones que alguna vez contuvieron granito en su vientre.
Rojo mineral de sangre india partido en bloques.
El vacío es odiado por la Naturaleza, según dicen. Hoy, esas cavernas, espectrales a medianoche, permanecen cubiertas de agua.
En lontananza, un molino para triturar harina, duerme y vigila entre los pastizales, sobre el viejo arroyo.
Un susurro de aguas y guijarros, de brisas y pampa puebla el ambiente.
Subo a una roca, luego a otra. Arriba hay viejas edificaciones abandonadas. En este lugar, vivieron aquellos que domaron por vez primera a estas rocas, a fuerza de martillo y de paciencia.
Con sus lomos gastados, aún tuvieron valor para engendrar una numerosa prole. Algunos, concretaron hasta siete hijos del mismo sexo. Como siete mazazos pegados en el centro de un mismo clavo, con los ojos cerrados.
Sangre nueva para esta tierra que reclama el sacrificio para dar el sosiego.
Las palmeras silvestres, crecidas entre las piedras, se agitan con el viento y chasquean el aire como flechas o disparos de Rémington.
Más alto, hacia el este, una luz mortecina lame los muros.
Adentro, dos mil almas se obstinan en no cumplir una condena mientras otras quinientas se empeñan en que lo hagan, para cobrar su salario.
Es común que haya gritos a esta hora: el ganado, algún borracho que vuelve tarde de la juerga, un amante despechado o despachado.
Pero no éste, que ha hecho temblar al viejo cobertizo de piedra donde me detuve a fumar un cigarrillo.
Otro grito se ha oído, a modo de contestación, como un eco, en dirección opuesta.
Subo a lo más alto de la construcción, me parapeto contra una piedra más grande y aguardo.
Una sombra avanza a tientas. Es alta y peluda, con ojos amarillos y relampagueantes, orejas atentas, olfato anhelante y colmillos de nácar.
Otra sombra lo busca. Su andar es más elegante y parsimonioso.
Una serie de ronroneos aprobatorios precede al abrazo.
No me han visto en su emoción dilatada. Se dirigen a la inmensa cavidad que dejó la sangrienta veta al agotarse.
Con brutal agilidad ingresan al agua traslúcida y a cubierto de todas las miradas practican esa ceremonia que en cualquier circunstancia siempre tiene algo de bueno y de sagrado.
Luego, sendos aullidos cortan el aire. Lamentos más profundos que el amor estremecen sus cuerpos.
Decae el astro nocturno, hacia Occidente. En esas fisonomías monstruosas comienzan a operarse cambios perceptibles: en vellones cae la pelambre intimidatoria, se achican sus fauces, sus orejas.
Roto el hechizo, vuelven a ser humanos. Adán y Eva regresan al barrio.

 
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