N° 099 - El Sur mira al Sur Marcos Rodriguez


El año 2004 ha cerrado con el puntapié inicial para la puesta en marcha, formalmente por lo menos, de la "unión" o "confederación" sudamericana. El pasado 8 de diciembre se firmó en Cusco, en medio de bombos y platillos que intentaron acallar los ecos del discurso neoliberal (y también, por qué no decirlo, las consecuencias de su práctica) dominante durante casi dos décadas en nuestra región, el Acta fundacional de la Comunidad Suramericana de Naciones.
Son diez las naciones que formarán parte de este proyecto: las que integran el Mercosur (Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay), su asociado Chile y las que forman parte de la Comunidad Andina de Naciones (Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia y Venezuela).
Puede hablarse de un área de 17 millones de kilómetros cuadrados (el bloque de mayor extensión en todo el mundo), con una población de alrededor de 360 millones de habitantes. Juntos, estos 10 países cuentan con un Producto Bruto Interno de 880 mil millones de dólares, conformando además el tercer bloque económico, detrás de los dos conglomerados de mayor peso en la actualidad: la Unión Europea y el Nafta (Estados Unidos, Canadá y México). Frente a esos números, el desafío de quienes impulsan esta integración pasa por poder demostrar que una unión de estas características podría permitirle a los países que formen parte de este bloque incrementar su flujo comercial, hacer crecer sus economías (con el consiguiente impacto interno) y pararse de otra manera frente a las grandes potencias mundiales.
El desafío para los impulsores de esta propuesta es que, en un plazo no demasiado lejano, esta confederación de naciones pueda pasar a la categoría de "unión aduanera" y tenga todas las características de un área de libre comercio. Con la conformación de esta unión política y económica entre estas 10 naciones, comenzará automáticamente un proceso de análisis en procura de llegar a la firma de un tratado de libre comercio único. Así las cosas, esta oportunidad histórica no debería limitarse sólo a acuerdos comerciales. El nuevo bloque será uno de los más grandes del planeta y eso podría implicar beneficios a la hora de sentarse a discutir con los actores de más peso en el mundo. Sumando el costado político, esta empresa presumiblemente puede llegar a transformar de manera significativa las relaciones de fuerzas a escala mundial.
Quienes buscan el flanco débil a estas iniciativas apuntan que tal vez no sea tan fácil que los beneficios de una integración de este tipo lleguen, por lo menos en el corto plazo, directa y concretamente a la gente; frente a eso, los impulsores de la propuesta auguran cambios notorios tanto fuera como dentro de las fronteras de cada uno de los países. Entre unos y otros se halla toda la gama de posiciones imaginable y la casi obligada dualidad de conducta visible en más de un Jefe de Estado, hoy por hoy, no es poco común. Por eso, la concreción de lo anunciado requiere una voluntad política común cuyo vigor no está probado aún. La unión sudamericana debe ir en dirección a construir la integración sur-sur, para lo que es necesario alguna forma estable de institucionalidad política común a escala sudamericana. En este sentido, más significativo aún fue el carácter político que proyectó esta reunión.
Por eso, no podemos desconocer el resultado objetivo inmediato: la sola idea de constituir una Comunidad Suramericana de Naciones es una negativa rotunda a la voluntad estadounidense de comandar su propio proyecto unificador, denominado Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA). Que la totalidad de Sudamérica (incluidas Surinam y Guyana), más la simbólica Panamá hayan suscrito un Acta Fundacional, es una barrera más contra el creciente belicismo de la Casa Blanca, ahora enfocado en el ámbito regional contra Cuba y Venezuela. La consumación de una comunidad suramericana constituiría a su vez la consumación del fracaso estadounidense en cuanto a la materialización de lo que desde Washington se pretende para la región. Por eso, las oposiciones (internas y externas, políticas y económicas) seguramente no serán pocas y presumiblemente irán en aumento.
La cita de diciembre fue en Pampa de la Quinua, un lugar paradójicamente cercano a la ciudad de Ayacucho, exactamente donde el mismo día de 1824, hace 180 años, se libró la batalla de Ayacucho, considerada como la última gran batalla por la independencia americana.
Queda mucho por hacer y precisamente el eje de la discusión será cuál va a ser el nuevo orden que reemplazará al que ya ha dado muestra suficiente de obsolescencia. El viejo orden que nacía hace 180 años en Ayacucho y que a su vez daba por culminado otro, debe dar lugar a uno nuevo. La expectativa pasa por saber si esas buenas intenciones serán sólo eso o llegarán a convertirse en una realidad palpable.

 
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