El año 2004 ha cerrado con el puntapié
inicial para la puesta en marcha, formalmente por lo menos, de la "unión"
o "confederación" sudamericana. El pasado 8 de diciembre
se firmó en Cusco, en medio de bombos y platillos que intentaron
acallar los ecos del discurso neoliberal (y también, por qué
no decirlo, las consecuencias de su práctica) dominante durante
casi dos décadas en nuestra región, el Acta fundacional
de la Comunidad Suramericana de Naciones.
Son diez las naciones que formarán parte de este proyecto: las
que integran el Mercosur (Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay), su
asociado Chile y las que forman parte de la Comunidad Andina de Naciones
(Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia y Venezuela).
Puede hablarse de un área de 17 millones de kilómetros
cuadrados (el bloque de mayor extensión en todo el mundo), con
una población de alrededor de 360 millones de habitantes. Juntos,
estos 10 países cuentan con un Producto Bruto Interno de 880
mil millones de dólares, conformando además el tercer
bloque económico, detrás de los dos conglomerados de mayor
peso en la actualidad: la Unión Europea y el Nafta (Estados Unidos,
Canadá y México). Frente a esos números, el desafío
de quienes impulsan esta integración pasa por poder demostrar
que una unión de estas características podría permitirle
a los países que formen parte de este bloque incrementar su flujo
comercial, hacer crecer sus economías (con el consiguiente impacto
interno) y pararse de otra manera frente a las grandes potencias mundiales.
El desafío para los impulsores de esta propuesta es que, en un
plazo no demasiado lejano, esta confederación de naciones pueda
pasar a la categoría de "unión aduanera" y tenga
todas las características de un área de libre comercio.
Con la conformación de esta unión política y económica
entre estas 10 naciones, comenzará automáticamente un
proceso de análisis en procura de llegar a la firma de un tratado
de libre comercio único. Así las cosas, esta oportunidad
histórica no debería limitarse sólo a acuerdos
comerciales. El nuevo bloque será uno de los más grandes
del planeta y eso podría implicar beneficios a la hora de sentarse
a discutir con los actores de más peso en el mundo. Sumando el
costado político, esta empresa presumiblemente puede llegar a
transformar de manera significativa las relaciones de fuerzas a escala
mundial.
Quienes buscan el flanco débil a estas iniciativas apuntan que
tal vez no sea tan fácil que los beneficios de una integración
de este tipo lleguen, por lo menos en el corto plazo, directa y concretamente
a la gente; frente a eso, los impulsores de la propuesta auguran cambios
notorios tanto fuera como dentro de las fronteras de cada uno de los
países. Entre unos y otros se halla toda la gama de posiciones
imaginable y la casi obligada dualidad de conducta visible en más
de un Jefe de Estado, hoy por hoy, no es poco común. Por eso,
la concreción de lo anunciado requiere una voluntad política
común cuyo vigor no está probado aún. La unión
sudamericana debe ir en dirección a construir la integración
sur-sur, para lo que es necesario alguna forma estable de institucionalidad
política común a escala sudamericana. En este sentido,
más significativo aún fue el carácter político
que proyectó esta reunión.
Por eso, no podemos desconocer el resultado objetivo inmediato: la sola
idea de constituir una Comunidad Suramericana de Naciones es una negativa
rotunda a la voluntad estadounidense de comandar su propio proyecto
unificador, denominado Área de Libre Comercio de las Américas
(ALCA). Que la totalidad de Sudamérica (incluidas Surinam y Guyana),
más la simbólica Panamá hayan suscrito un Acta
Fundacional, es una barrera más contra el creciente belicismo
de la Casa Blanca, ahora enfocado en el ámbito regional contra
Cuba y Venezuela. La consumación de una comunidad suramericana
constituiría a su vez la consumación del fracaso estadounidense
en cuanto a la materialización de lo que desde Washington se
pretende para la región. Por eso, las oposiciones (internas y
externas, políticas y económicas) seguramente no serán
pocas y presumiblemente irán en aumento.
La cita de diciembre fue en Pampa de la Quinua, un lugar paradójicamente
cercano a la ciudad de Ayacucho, exactamente donde el mismo día
de 1824, hace 180 años, se libró la batalla de Ayacucho,
considerada como la última gran batalla por la independencia
americana.
Queda mucho por hacer y precisamente el eje de la discusión será
cuál va a ser el nuevo orden que reemplazará al que ya
ha dado muestra suficiente de obsolescencia. El viejo orden que nacía
hace 180 años en Ayacucho y que a su vez daba por culminado otro,
debe dar lugar a uno nuevo. La expectativa pasa por saber si esas buenas
intenciones serán sólo eso o llegarán a convertirse
en una realidad palpable.