N° 099 - Otro Detonante de la Tragedia – Octavio Físner Oliva |
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Después de que en las semanas
transcurridas desde la tragedia de “Cromagnon” todo el periodismo
nacional en el pleno de sus expresiones se ha ocupado del asunto, encararlo
otra vez no tendría validez alguna si no significara siquiera
el intento de aportar algo que ayude a elaborar el inventario completo
de los factores que la originaron. En ese convencimiento, y con la idea
de que todavía quedan aspectos no considerados en la profusa
información y opinión girada sobre este desgraciado suceso,
creo que puedo incursionarlo y dejar alguna conclusión. En este punto cabe señalar que el periodismo tiene centrado el mayor caudal de apreciaciones sobre culpabilidades y responsabilidades en el propietario del local en forma directa, y en las autoridades y funcionarios del gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, más algunas alusiones a otros organismos oficiales que pudieron estar incursos en falencias de actuación (bomberos, por ejemplo). Pero si analizamos el trabajo informativo y la producción de muchas serias y fundadas opiniones, veremos que poco y nada hay en cuanto a lo que el comportamiento habitual y las actitudes generalizadas de adolescentes y jóvenes se registran en relación con las normas y recomendaciones que sobre prudencia existen. La sola intención de las autoridades por hacer cumplir los reglamentos legales que tratan de armonizar la seguridad propia y la de los demás, o atemperar hasta el nivel de la mínima mesura la exaltación y las reacciones propias de esos festivales equivale a un rechazo, casi visceral, de esa concurrencia juvenil. Los relatos sobre los minutos previos a la tragedia que nos enluta certifican, dramáticamente, lo que queda expuesto, sin que ello constituya novedad sino la reiteración hasta el cansancio de lo que registran en cada ocasión de tales espectáculos. Es atribuible a una cuestión de educación o de cultura instalada esa habitual forma de responder a cualquier llamado a la sensatez, a la cordura o a la prevención que formulen autoridades o quienes tratan de controlar el orden público. Es que hay una asimilación mental de tales recomendaciones a lo que esa franja juvenil entiende como sinónimos de represión, de actitud autoritaria que merece inmediato, espontáneo desprecio. No hay lo que en sus certeras meditaciones volcaba Jaime Barilko cuando se refería a los límites. Es que, en realidad, no quieren ni oír hablar de límites esos juveniles, no sólo en lo que se refiere a los espectáculos de sus preferencias, sino que llevan esa actitud prácticamente a todos los aspectos de la convivencia. Y eso, preciso es asumirlo, es falla de la educación, de la formación que debe dar la escuela que, en el momento actual, carece de la autoridad suficiente para inducir otras conductas. La rebeldía natural de esa franja de la población desbordó las posibilidades de la escuela para contenerla y encauzarla hacia la moderación. Pero también hay que admitir que tampoco cuenta, la escuela, con el respaldo moral que en otros tiempos le brindaban los padres y tutores, hoy casi en complicidad o en exceso de defensa cuando los menores entran en litigios de conducta o de actitudes con sus maestros. De ello resulta esta cultura como de libre albedrío consentido que induce a los adolescentes y jóvenes a comportamientos que no colaboran para una convivencia mejor en la sociedad, registrándose excesos derivados de permisiones de los mayores o de quienes tienen obligación de controlarlos e impedirlos. No menos tiene que ver la expansión del erróneo concepto de que toda prohibición o reglamentación que impone límites significa represión o autoritarismo, dos expresiones que han ganado espacio desde la política y ciertas ideologías que, a la hora de las responsabilidades por los daños que generan, escurren sus responsabilidades olímpicamente. Una nota de actualidad publicada en una revista de circulación nacional incluía este párrafo que, por ilustrativo y ceñido a la realidad que vivimos, merece ser reproducido: “En la Argentina actual, idoneidad se considera un sinónimo de elitismo; autoridad equivale a autoritarismo; preocuparse por la eficiencia es un vicio neoliberal, y pedir que se respeten las reglas es propio de un botón”. Estos conceptos falsos han hecho carrera y dan por resultado lo que tenemos y por lo que hoy nos sentimos trágicamente golpeados y desorientados. Porque en tanto no haya un vuelco hacia la sensatez, hacia la aceptación de límites lógicos, la sociedad deja de ser la sociedad para convertirse en la auténtica selva donde todo está permitido, pero nada está prevenido. No creo ni sugiero que de esta tragedia la culpa o la responsabilidad devienen de las conductas habituales de los adolescentes y jovencitos, pero sí que, en parte, es la consecuencia natural del desprecio por las normas, por los límites, por las advertencias, tal vez porque la escuela no supo imbuirlos de los valores correspondientes. Eso, en combinación con la brutal desaprensión de empresarios codiciosos, funcionarios corruptos, indolentes o venales y autoridades distraídas conforma un colosal explosivo que da lo que tenemos a la vista: una tragedia salvaje. Los empresarios podrán ser encarcelados; los corruptos raleados de sus empleos y acomodos, y las autoridades simularán cambios de procedimientos, pero si la educación, la escuela y el hogar no revisan sus cometidos primarios, el detonante seguirá en estado latente y listo para dispararse en cualquier momento. |
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