Exámenes finales y el bidón de Bilardo – Octavio Físner Oliva |
||||||||||||||||||||||||||
| Una medida destinada a tener
efectos importantes en la formación educativa y cultural es la inclusión
de un examen final, sobre cuatro materias básicas, como condición
para la promoción de alumnos de los tres últimos años
del secundario en cualquiera de sus modalidades. Casi podríamos señalar
que es la primera disposición de exigencia que se implanta en el
sistema educativo en varios años, cambiando así, como lo sugiere
este primer paso, una cultura del menor esfuerzo que demostró, una
y cuantas veces fue puesta a prueba, su rotundo fracaso. Con solamente recordar
los desastrosos resultados de los intentos de ingreso a la universidad que
pusieron al desnudo la realidad de un nivel de ignorancia, desinformación
e incapacidad de comprensión de las lecturas, ya tenemos testimonios
bastantes para certificar aquel fiasco lamentable y trascendente.
Durante los últimos años todo se fue debilitando en materia de exigencias, desde la constatación del conocimiento adquirido por el alumno durante el cursado, que prácticamente fue reemplazada por la promoción casi automática, hasta la reducción de las normas sobre disciplina y aun las de asistencia. En algunos casos esos cambios -de signo negativo para el resultado final de la función educativa y la enseñanza- se fueron dando en razón de circunstancias ocasionales, como la creencia de que mantener un más alto nivel de exigencias alentaría la deserción del estudiantado. Se hacía de ese modo la peor de las concesiones: la de relevar el esfuerzo, la voluntad y la dedicación, por la frivolidad, la desidia y el desgano como factores de incentivo para el interés de los estudiantes. La novedad producida por el Consejo Federal de Educación es un recurso apto para que se vuelva a concederle a la función de aprendizaje y educación del secundario el valor que verdaderamente tiene, que no es, como muchas veces se ha confundido, posibilitarle al alumno la ocasión de obtener una nota que lo habilite para la promoción, sino inducirlo a conocer y comprender los contenidos de cada materia de estudio, en forma integral. Para decirlo en la jerga estudiantil: no estudiar para el cuatro salvador del aplazo o el siete que aprueba la materia, sino estudiar para saber, para conocer, para entender y, sobre todo, para volcar elementos en la mochila cultural y formativa de cada individuo. La nueva disposición tiene, además, otro ingrediente de inteligencia en su concepción: impone la obligación del examen final sobre cuatro materias básicas: Matemática; Lengua; Ciencias Naturales y Ciencias Sociales, y los resultados de esa prueba se promediarán con las notas obtenidas durante el cursado para determinar la promoción correspondiente. Cabe señalar que esta disposición tiene antecedente antiguo. En la década de 1930 existió exigencia semejante que adoptó dos formas: una de ellas fue la obligación de exámenes cuatrimestrales escritos de la totalidad de las materias del ciclo secundario, para promediar con las notas del cursado, pero luego rigió, por varios años, un examen final de todas las materias, sin que aun las que hubieran logrado diez de promedio general quedaran liberadas de esa obligación. Eran años de otros niveles de exigencia, entre ellos la semana de clases de seis días, la rigurosidad de las 25 amonestaciones y una limitación estricta de las inasistencias, que arrojaron resultados incontrastables respecto del caudal de conocimientos y preparación para la vida de aquellos egresados. El bidón de Bilardo El reciente escandaloso reconocimiento de una turbia maniobra para ganar un partido de fútbol el famoso bidón de Bilardo- no motivó precisamente un rubor de vergüenza o algún tímido gesto de disculpa sino, al contrario, toda una actitud casi divertida por el timo, al punto que de inmediato se lo asoció con otro caso de transgresión flagrante de las reglas del juego leal y honesto en el deporte, aquella “mano de Dios” que sigue siendo casi un símbolo de la viveza criolla que reverenciamos con tanta actitud complaciente con lo que no debería ser sino motivo de preocupación, porque la admisión de recursos ilícitos en cuestiones menores, como puede ser el resultado de una justa deportiva, muy pronto y muy fácilmente se traslada a cuestiones mayores que pasan a conformar la corrupción que poco a poco va corroyendo hasta la moral y la conciencia de la sociedad. En este momento nuestro gobierno está pendiente del resultado del canje de bonos para considerarnos salidos ya de la cesación de pagos, y se especula con las ventajas que podrá retribuirle al país lo que se espera sea un éxito rotundo de gestión. Al respecto sólo se hace mención e hincapié sobre la posición de firmeza absoluta frente a los acreedores a los que se impone, sin negociación ni admisión de opción alternativa, ese criterio unilateral rígido que se sintetizaría en una frase apodíctica: “esto es así, y lo tomas o lo dejas; no hay otra”. En el llano, esto se aprueba sin análisis, sin tener en cuenta que, en buen romance y más allá de las emergencias que todo gobierno tiene obligación de prever y superar, es una estafa colosal que se consuma en perjuicio de miles de personas e instituciones, que creyeron en la honorabilidad de la Nación Argentina para cumplir sus compromisos debidamente documentados en papeles que ostentan logos, leyendas, firmas y sellos que la representan indefectiblemente. Esto, sin embargo y más allá de como se lo presenta es un acto desdoroso, un timo que consiste en pagar treinta centavos por cada uno de los cien mil millones de dólares que el país debe a miles de acreedores dentro y fuera del territorio, no por acuerdo conformado entre las partes, sino como acto de voluntad unilateral y coercitiva del Estado Nacional. Reduzcamos esto a lo que es concepto corriente de deuda legitimada y tendremos la dimensión de esta gestión. Sin duda que este hecho va a significar ventajas para la economía nacional, pero cabría preguntarnos si esos beneficios no son la consecuencia de cosas que tienen que ver con el ominoso bidón de Bilardo o la mano de Dios que tanto descrédito y perjuicio nos significan a ojos del resto del mundo, que no aprueba tales procederes. La revista norteamericana “Forbes” especializada en temas de la economía mundial intercala, en una reciente nota sobre nuestro país, esta frase que no hay que perder de vista: “Los tenedores de bonos pueden llorar por sus pérdidas. Pero los argentinos debieran llorar por el gran potencial que gradualmente se está perdiendo”. El bidón de Bilardo; la mano de Dios; el canje de deuda. ¿Alguna vez admitiremos que son conexiones directas con la corrupción que sólo trae descrédito, desprecio, desprestigio? Si alguien consagró una frase llamativa “Es la economía, estúpido”- nosotros podríamos acuñar otra más impactante aún: “Es la Educación, estúpido |
||||||||||||||||||||||||||
|
||||||||||||||||||||||||||
diseño
y hosting digitalone.com.ar |
||||||||||||||||||||||||||
AntiCopyright
Toda la información de este sitio puede ser reproducida libremente,
en forma total o parcial, aunque agradeceríamos que citaran la fuente mailingolavarriense.com |